Una calle desierta. Unos pasos a la espalda. Una noche que nunca debió terminar así.
Lee el inicio del Caso Bremen.
Una calle desierta. Unos pasos a la espalda. Una noche que nunca debió terminar así.
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Al salir de la discoteca, a Ruth todavía le palpitaba la mejilla por el bofetón que le había dado Drake. Con la vista difusa por las lágrimas, viró a la derecha para atajar el camino hasta su coche. Se secó los ojos, furibunda, mientras maldecía con los dientes apretados.
Al meterse en la calle del Vidre, escuchó pasos tras de sí. Se arrepintió de inmediato de haber tomado aquel camino de calles estrechas, desiertas y oscuras, en vez de haber ido por las Ramblas, donde la luz y el bullicio constante de gente siempre ofrecía algo más de seguridad. Trató de calmarse y pensó que, quizá, ese alguien tan solo estaba tomando el mismo rumbo que ella.
Le vinieron a la cabeza los consejos de su tío y puso en práctica un viejo truco: cambiar de acera y ralentizar el ritmo con la esperanza de que la rebasara, pero no sucedió. Nerviosa, apresuró la marcha y quien iba tras ella también. No quiso mirar por encima del hombro para confirmar su sospecha; le daba miedo. Estaba segura de que, para cerrar la noche con broche de oro, además de todo lo que ya le había pasado, la iban a atracar, y no pensaba permitirlo.
No esa noche.
Dobló la esquina de la calle Ample con la respiración agitada, y sus pies trastabillaban por tos tacones finos en la acera irregular. Una vaharada de olor a orines le llenó las fosas nasales, ofendiéndola. Hacía frío y, sin embargo, el sudor le resbalaba espalda abajo, producto de la carrera y los nervios.
Localizó por fin su coche plateado unos metros más adelante, iluminado como un faro en medio de la tormenta, y exigió a sus piernas un último esfuerzo, acelerando el paso. Las tiras finísimas de sus sandalias doradas se clavaban sin piedad en la piel a través de las medias; aun así, ignoró el dolor, con la idea fija de ponerse a salvo en su Fiat.
Con la vista clavada en su objetivo, no vio el adoquín roto que le torció el tobillo y tuvo que hacer equilibrios para no caerse. Los músculos tibiales y los gemelos se quejaban con calambres, pero siguió adelante, con los andares de una gacela recién nacida, tan sólo pendiente del sonido de pasos a sus espaldas.
—¿Dónde están las putas llaves? —masculló, mientras las buscaba al tacto dentro del bolso.
Con ellas localizadas y los dedos blancos por la fuerza que hacía al agarrarlas, en tres patosas zancadas se paró delante del coche. Peleó unos segundos contra las llaves y la cerradura. Las primeras resbalaban en sus manos sudorosas; la otra no quería ceder. El rumor tras ella se había detenido. Contuvo el aliento. Entonces lo vio, reflejado en la ventanilla: un hombre grande, inmóvil, acechando.
Cesó en su empeño de abrir y, con un gesto rápido, colocó las puntas asomando entre los nudillos, preparada para hacer daño, como le había enseñado su tío Carlos. No se lo iba a poner fácil.
Se giró con las llaves en alto. Estaba lista para hundirlas en carne. El tipo dio un paso atrás apresurado, y levantó las manos.
—Hey, easy! I just want to talk! —exclamó.
Ruth tardó unos segundos en procesar el idioma y poner nombre a su cara. Al comprender que no había peligro, se apoyó en el capó del coche, y una mezcla de miedo, confusión y alivio la hizo jadear. Era el periodista que había intentado convencerla días atrás para que contara su historia con Drake. Ella no tenía la menor idea de cómo se había enterado, pero lo sabía todo.
—¡Joder, qué susto me has dado! —se quejó, en inglés, al recuperar el aliento—. Podrías haberme llamado en vez de seguirme como un psicópata. Casi te pego.
Él sonrió al escucharla. La doblaba en tamaño y peso.
—Hoy no tengo el día para tonterías, te lo advierto.
—Te he llamado, pero no me has oído —comentó, casi como una disculpa.
Se guardó el móvil en el bolsillo.
—Te voy a ser sincero… Hace un rato he recibido un soplo de que los «Five» estarían en esa discoteca —señaló hacia atrás—. He ido por si podía sacar alguna información.
Su voz ronca adoptó un tono confidencial:
—Me encantaría que me contaras lo que os ha pasado esta noche.
Arrugó la frente, desconcertada, pero le indicó con la mano que siguiera hablando.
—Te he visto discutir con Drake y…, bueno, lo otro —continuó con gesto grave—. Ahora, con más razón, me parece que tienes un montón de cosas interesantes que contar. Te pago por la información, por supuesto —aclaró enseguida—. Mientras me lo explicas, puedo invitarte a tomar algo, para compensar el susto que te he dado.
La miró de arriba abajo.
—Estás preciosa, por cierto.
Incómoda, se envolvió en su abrigo negro, tapándose hasta las rodillas.
—Me encantaría contarte qué clase de mierda es Drake, pero me demandan si lo hago. Me hicieron firmar un contrato, ¿sabes? Ya se ha guardado bien las espaldas el hijo de puta.
Alzó un pie por encima de la rodilla para desabrocharse una sandalia y, después, se quitó la otra, quedándose descalza. Procuró no pensar en la suciedad de la calle, centrándose en el alivio que el suelo frío daba a sus maltrechos pies.
—Yo me encargo de no meterte en un lío —aseguró él, mientras hacía un ademán para restarle importancia al asunto.
—Pero, ¿y si…?
—¿Qué te parecen tres mil euros? —atajó.
Ella jugueteaba con las llaves en una mano, mientras en la otra sostenía el calzado por las tiras traseras. Se debatía entre contar lo que Drake le había hecho y el miedo a enfrentarse a una demanda. El dinero que le ofrecía no pagaría ni las costas de un juicio.
Él la observaba con la cabeza ladeada, paciente, esperando una respuesta, mientras daba una larga calada al cigarrillo que acababa de encender. Ruth le hizo prometer que iba a ser muy cuidadoso, que no la metería en un problema, y negoció hasta subir la cifra a cinco mil. Esa cantidad tampoco cubriría un juicio, pero sí un máster.
Metió los tacones bajo el brazo para poder estrecharle la mano y sellar el trato.
—Vamos a mi coche, te llevaré a algún sitio donde estés más cómoda.
Señaló hacia la acera contraria para indicarle el camino y añadió:
—Cálzate, no te vayas a hacer daño.
La luz anaranjada de las farolas del aparcamiento se difuminaba en el aire por la humedad del mar. El hombre había conducido hasta la playa tras buscar dónde tomar algo, sin éxito, por los alrededores del Fórum. Ella ya le había advertido que, a las dos de la mañana no encontrarían nada abierto. Aunque en verano la zona solía estar más concurrida por los festivales, en noviembre aquello era un desierto de asfalto con muchos hoteles a medio gas. Aun así, se había empeñado en beber y, por fin, acabó comprando un par de latas de cerveza en una tienda veinticuatro horas para tomarlas dentro del coche.
Ruth miraba a su derecha por la ventanilla; el puerto olímpico y la torre Mapfre se adivinaban, punteados por pequeños lunares de luz roja diluidos en el cristal medio empañado. En cambio, él llevaba un rato con la mirada perdida en la oscuridad del horizonte, absorto en su silencio.
Ya le había contado, con todo lujo de detalles, lo ocurrido en la discoteca. Durante el trayecto, él sólo asentía, con una expresión de satisfacción tranquila, pero no le hizo ni una sola pregunta. Tampoco había grabado nada de lo que ella explicó. Creía que los periodistas lo apuntaban todo.
Empezaba a arrepentirse de haber aceptado aquella oferta y pensó que quizás el tipo le había tomado el pelo y en realidad, quería otra cosa. Al instante, se dio cuenta de que ni la forma en que se había acercado, ni el lugar en el que estaban tenían nada de normal. Se estremeció al sentirse atrapada en el habitáculo, sin saber si era el frío de la noche o un mal presentimiento. Las sandalias doradas de tacón aún reposaban en su regazo.
En ese momento tomó la decisión: tenía que salir de allí. A tientas, moviéndose despacio para no hacer ruido, soltó el cinturón. Al liberarlo, se escuchó un leve sonido metálico. Él salió de sus cavilaciones y le clavó la mirada. No se movió, por si acaso. No quería darle pie a nada.
—Esto está empezando a darme mal rollo —confesó, mientras tironeaba del bajo del corto vestido de fiesta—. ¿No querías entrevistarme? No me has preguntado nada.
—Tienes razón, ya es hora de que haga mi trabajo —dijo en voz baja al tiempo que le ponía una mano en la pierna.
Se apartó de golpe, como si el contacto la quemara.
Él apretó los labios y cerró los ojos un segundo, reuniendo valor. Era ahora o nunca, se dijo. Respiró hondo.
«Now».
Ruth sintió un impacto en la mandíbula.
Un latigazo agudo le recorrió el rostro. El instinto de supervivencia la hizo abalanzarse sobre la manecilla de la puerta. Desde su asiento, él la agarró de un brazo para evitar que huyese y lo retorció, inmovilizándolo tras su espalda. El dolor corrió como la pólvora desde los dedos hasta el hombro y se mezcló con el de la cara, ya inflamada en cuestión de segundos. Con el ojo izquierdo cegado de lágrimas, su mano derecha forzaba la palanca, con desesperación. La uña del dedo meñique se enganchó en ella, levantándose unos milímetros de la carne. Se obligó a no soltar pese a la quemazón: tenía que salir a toda costa.
La manija por fin cedió y la portezuela se abrió con violencia. Él aún la tenía sujeta. Tenía que zafarse como fuera. Con el brazo que conservaba libre lanzó un puño a ciegas que lo alcanzó en el pómulo.
No entraba en sus planes que la chica se defendiera. El golpe lo desconcertó, y aflojó la presión durante un segundo.
Aprovechó para escapar, pero al poner un pie fuera del coche tropezó y cayó de bruces contra el suelo. El cinturón se le había enredado en el tobillo al girarse hacia fuera. Aterrizó con una mejilla, las palmas y las rodillas, raspándoselas con la grava y destrozando tas finas medias.
Desde el suelo, entre lágrimas, distinguió la silueta borrosa de una persona a lo lejos, bajo la luz temblorosa de una farola. Estaba inmóvil. No sabía si dudaba, o tal vez aún no hubiera advertido el horror que se desataba a unos metros. Aquella figura era su única esperanza, pero también podía desvanecerse en cualquier momento, igual que las luces rojas del puerto.
Quiso gritar auxilio, pero él no le dio tregua: salió de un salto y la agarró con fuerza, girándola sin miramientos para obligarla a quedar bocarriba.
Sintió el peso cuando se sentó a horcajadas. Le aplastaba las costillas. Apenas podía respirar. Le elevó los brazos por encima de la cabeza.
Con una manaza, le inmovilizó las muñecas contra el suelo y se arrastró sobre su cuerpo hasta quedar sobre sus caderas.
Ella dio una gran bocanada de aire, y él, con la mano que tenía libre, la cogió por la barbilla, clavándole los dedos hasta el hueso. La obligó a mirarlo.
Apretó los párpados. No quería.
Furioso, le dio un bofetón que estalló en su mejilla.
—¡Mírame, joder!
Descubrió entonces su verdadero aspecto. Unas gotas de orina le mancharon la ropa interior al ver en él la cara del diablo: enrojecida, jadeante, desfigurada por la lujuria.
La acariciaba despacio, recreándose. Deslizó la punta de los dedos por su cuello, bajando hasta el escote, mientras se humedecía los labios con la lengua, impaciente. La tenía a su merced. Los impulsos más primitivos lo arrastraban sin control. Durante un instante, olvidó incluso por qué había empezado aquello. Lo único que deseaba era poseerla, más que cualquier otra cosa en el mundo.
Dio un tirón violento del vestido, rasgándolo. Las lentejuelas del bordado salieron despedidas en todas direcciones y uno de los senos de Ruth quedó expuesto ante sus ojos febriles.
Temblaba entera, pero se mantuvo quieta y sumisa en apariencia, para evitar que la golpeara de nuevo. No podía rendirse. Se obligó a concentrarse en liberar el tobillo que aún permanecía enredado en el cinturón y huir de allí. Empezó a moverlo con cuidado para que no se percatara. Lloraba con los ojos cerrados, mientras soportaba que le manoseara los pechos por la abertura de la tela, aguantándose el asco y la rabia que la inundaban.
En cuanto el cinto se aflojó, le propinó un golpe con ambas rodillas en la parte baja de la columna. Él gruñó por el dolor y respondió con un guantazo que le reventó el labio. La sangre, densa y amarga, le resbaló por la comisura y se coló entre los dientes, mientras sentía cómo la piel se ponía tirante por la inflamación casi al instante.
Se inclinó sobre ella y le lamió la boca.
Contuvo una arcada al sentir aquella lengua invasora, la erección frotándose contra su vientre y el aliento caliente abrasándola. Él tiró de la falda hacia arriba y el frío caló entre sus piernas. Presa del pánico, se retorcía bajo su peso, negándose a que aquello ocurriera. Poseído por la lascivia, le mordió el pecho desnudo con violencia, y ella lanzó un grito agudo que desgarró la noche.
El hombre se incorporó, con el rostro al rojo vivo por el frenesí, y volvió a pegarle en el rostro, advirtiendo que, si no se quedaba quieta, todo sería peor. Vio con pavor cómo se desabrochaba el cinturón con prisas.
«Hoy no», se repitió.
Clavó sus uñas largas en la mano que la tenía atrapada. Presionó, presionó y presionó hasta que sintió que la superficie cedía y se rompía, mojándole las yemas con un líquido cálido. Y aún siguió presionando, mientras se hundían en la carne.
Con un quejido, lanzó otro puñetazo a su mejilla. Entre lágrimas, lo vio venir de refilón y giró la cabeza, justo a tiempo. El puño se estrelló contra el suelo, y el crujido de huesos se le clavó en el tímpano. El agresor soltó un gruñido gutural y se sujetó la mano por reflejo.
Estaba libre. No lo dudó. Juntó ambas manos y le encajó un único golpe en el esternón con todas sus ganas. El impacto arrancó todo el aire de los pulmones del hombre, que escapó en un gemido sordo. Se llevó las manos al pecho, tratando de recuperarlo. Mientras intentaba respirar, sintió otro embiste donde más dolía: entre las piernas.
Se derrumbó de lado, retorciéndose con las manos en los testículos. Ella aprovechó ese instante para escurrirse y salir huyendo, todo lo rápido que le permitía el cuerpo.
Corrió como nunca en su vida. No importaba la torcedura del tobillo, ni su cara magullada, ni la grava que se le clavaba en los pies descalzos, abriéndole la piel. Ni siquiera importaba todo lo que había pasado.
Solo una idea le ocupaba la mente: cruzar el puente, llegar hasta los hoteles. Allí habría gente. Luz. Alguien.
«Ayuda», se repetía. «Ayuda».
Un tirón repentino de sus rizos la hizo frenar en seco y perdió el equilibrio, cayendo de culo.
Él se agachó a su lado, jadeando por la carrera, y la abrazó como un oso a su presa, intentando inmovilizarla. Pero no se estaba quieta. Fuera de sí, le soltó un par de puñetazos en la cara. Supo que le había roto la nariz al ver dos caños de sangre caer y mancharlo todo. Ella aullaba de dolor mientras la levantaba en volandas sin compasión. La cargó sobre un hombro como a una muñeca de trapo y deshizo el camino hasta el coche.
Frenética, golpeaba, mordía y arañaba con las fuerzas que le quedaban, mientras él se protegía como podía y devolvía cada ataque con violencia.
—¡Basta! ¡Puta estúpida! —escupió entre dientes. Abrió el maletero de un tirón furioso.
Al ver el cubículo, Ruth supo que, si la metía ahí, se habría acabado todo. Ahí moriría. Esa certeza le provocó una descarga de adrenalina tan brutal como el terror que la había despertado. Se resistió a entrar, retorciéndose en el abrazo de hierro de su agresor como si estuviera poseída. Su voz se había roto y ya solo graznaba en vez de gritar, pero no dejaba de pedir socorro.
Harto ya de luchar contra ella, decidió que era el momento de terminar de una vez. Le rodeó el cuello con una mano y apretó, sintiendo bajo los dedos la forma exacta de su laringe.
Sobrecogida, se paralizó durante un instante. Boqueó tratando de coger algo de oxígeno. La presión en los ojos era tan fuerte que creía que le iban a estallar. Todavía trataba de escapar, pero cuanto más se movía, más presionaba él.
Y cada vez más. Y más.
Los pulmones convulsionaban vacíos y sentía el pulso en las sienes cada vez más débil. Sus fuerzas languidecían mientras su vista se velaba y, en un instante, la invadió una extraña calma. No era paz. Era rendición.
La soltó al sentirla laxa.
Exhausto, se dejó caer sobre su pecho, permitiéndose un instante para recuperar el aliento. La humedad del mar le calaba los huesos y la mano izquierda le ardía.
Un destello de lucidez lo puso otra vez en alerta. Tenía la sensación de que habían pasado siglos desde que había empezado la pelea, y ni se le había ocurrido que algún testigo inoportuno pudiera aparecer por allí. Con miedo a que alguien llegase de improviso y lo cazara, cerró el maletero de un golpe y miró a su alrededor, nervioso, mientras recogía los tacones de Ruth y removía la tierra con el pie, intentando borrar los rastros del forcejeo.
En su cabeza lo había planeado todo mil veces. Debería haber sido fácil. Rápido. Limpio. Dentro del coche. Sin exponerse.
Entró con rapidez y, en un gesto automático, buscó el guardapelo que llevaba al cuello. No estaba.
«Fucking hell. La cadena debió de romperse durante la pelea», pensó.
Volvió a salir, rezando por encontrar el medallón. Revivió la escena una y otra vez en su cabeza, intentando recordar en qué momento lo había perdido.
Tras recorrer la zona y dar un par de vueltas alrededor del coche sin resultado, sintió la urgencia de gritar. Pero se obligó a parar y pensar.
Abrió de nuevo la puerta del maletero. Allí estaba, entre los dedos de ella, como si aún se aferrara a algo. A él. A la vida.
De puro alivio, brotó un llanto histérico. La música a todo volumen de un coche que pasó como una exhalación lo sacó en seco de su trance. No supo si había transcurrido una hora, un segundo o un día entero. Había perdido la noción del tiempo, sentado en el suelo con la cabeza entre las piernas, agarrado al guardapelo como a una tabla de salvación. Debía ordenar sus ideas. Necesitaba una ducha y tomar unos analgésicos. Estaba lleno de sangre y sentía el cuerpo como si lo hubieran centrifugado. El puño izquierdo se le había inflado como un globo. Se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta y se puso en marcha.
La radio estalló en una canción que parecía escrita para él:
«Tómalo todo, devora».
Por un momento, sonrió.
Mientras se alejaba del aparcamiento, a través del retrovisor, vio el reflejo azul de unas luces romper la noche. Su estómago se encogió.
Una patrulla iba directa hacia allí.
Mientras las luces azules iluminan el horror en el Fórum, en el corazón del Raval, Drake se pierde entre neones y culpas.
Descubre qué hay detrás del regreso de los Five Men Alone en El caso Bremen y por qué el pasado nunca se queda enterrado.